Hoy es uno de esos días plomizos en los que desde antes incluso de abrir los ojos al despertar, ya sabes que será un día dificil. Sientes esa presión sobre tu cuerpo como si fuera una pesada manta, y tu mente se niega a hacerse paso entre los sueños para salir a la realidad.
Te asomas a la ventana y ves que hace un día horrible, el cielo está completamente gris y llueve a cantaros, tanto que temes que al abrir la ventana, entre agua dentro de la habitación. Al menos, el olor a humedad te llena los pulmones y una ligera sonrisa se asoma en tu cara. Siempre te han gustado los días de lluvia, con ese olor tan característico como a ropa limpia, el cielo gris y las gotas deslizándose por los cristales, pero percibes algo extraño en el ambiente, ese peso indescriptible que notas con cada moviento, como si el aire fuera más denso que de costumbre.
Al salir a trabajar sientes la misma densidad en la calle, como si te movieras por una atmósfera compuesta por mercurio. El trafico está imposible, ves coches parados en el arcén de la carretera que se han dado algún golpe, nada importante, sólo chapa. Los pensamientos fluyen, van de aquí allá, pensando en esa extraña sensación que te embarga desde que te has despertado esta mañana.
Después del largo trayecto llegas a tu destino, pensando si tal vez debieras ponerle remos al coche, pues algunos de los charcos que se forman en la carretera son como pequeños lagos en una montaña de negro hormigón.
Y allí, ZASSSS!!!!!, la primera bofetada nada más entrar. Porque el aire olía raro, porque la atmósfera estaba extraña, porque no importa lo bien que lo hagas, ni la buena intención que le pongas a tus acciones, no importa cuanto curres, ni cuanto te dejes la piel allí, al final... al menor desliz, al menor descuido, todo eso se olvida, porque no olvidemos que nunca es suficiente.
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